Relato del primer Ciclón en Puerto Vallarta: 1925

El primero de los fenómenos que dejó huella en la ciudad, al menos de los que se tiene registro, sucedió el 24 de octubre de 1925, cuando un ciclón sin nombre todavía, descargó toda su furia sobre el territorio de lo que hoy es Puerto Vallarta.

La Señora Catalina Montes de Oca de Contreras, en su libro “Puerto Vallarta en mis recuerdos”, nos relata:

El 24 de octubre, amaneció el día nublado y triste, su cielo gris dejaba caer una persistente lluvia que siguió en el transcurso del día azotando con más intensidad hasta llegar la noche. Yo permanecí de pie; me sentía intranquila, no sabía que presentía. La atmósfera estaba pesada; esto me inquietaba. Se oían unos ruidos extraños, las gallinas en el corral cacaraqueaban, las vacas mugian como si algo también presintieran. Bajo esta impresión entré en la recamara de mi marido y le dije: “me siento muy nerviosa, como que se va a soltar un cliclón”. Él me contestó: “tranquilizate y acuéstate, tú qué sabes de ciclones ¿cuándo has visto alguno?.

Acabando de decir esto, sentimos que se estremecía desde sus cimientos la casa; afuera, en la calle, empezó a silbar el viento con una fuerza ensordecedora; las tejas de la casa empezaron a volar y, si no cayeron sobre nosotros directamente, fue debido a que estaba provista de un entarimado, o sea un tapanco, como le decíamos entonces. En un dos por tres nuestra recámara se inundó, tan sólo un rincón quedó seco y ahí abrazada con mis cuatro hijos, el más pequeño Roberto, de tres meses, nos resguardábamos.

Viéndome perdida ante las cosas materiales, invoqué a la Virgen Santísima para que me iluminara y, como por obra de un milagro, volví la vista a la pared donde pendía un cuadro con la imagen del Sagrado Corazón. Trepé sobre una silla, descolgué la imagen y cuál sería mi asombro al ver que el cuadro daba la medida exacta al tablero, pudiendo con esto asegurar la ventana.

Después abrimos la puerta que daba al corredor interior, quedando azorados al ver que en el cielo cruzaban ráfagas de fuego en medio de la obscuridad (platicando después de esto con personas de mucho saber, me dijeron que este fenómeno era el fuego de San Telmo). Estábamos contenmplando ese espectáculo cuando oímos un estruendo de algo que cayó cerca de nustros pies. Rápido cerramos la puerta y entramos a nuestra habitación, y así, en nuestra angustia, pasamos la noche.

No recuerdo el tiempo ni la duración de este ciclón, lo que sí sé decir es que nos pareció una eternidad.

Empezó a amanecer pero todavía con un cielo encapotado; todo parecía estar en un absoluto silencio. Nosotros estábamos por saber algo de nuestros vecinos.

Ya que pudimos salir a la calle, nos percatamos más aún de los destrozos. El arroyo se había desbordado y corría por las calles llegando al borde la banqueta de nuestra casa.

Los cerros, antes tan tupidos de palmeras, se veían despojados, las casas destejadas; alguna chozas derribadas. Afortunadamente no hubo desgracias personales; nuestros vecinos, sanos y salvos. Las chozas que estaban en la playa cerca de la desembocadura del río Cuale fueron las más afectadas. Sus pobres moradores sufrieron lo indecible al verse despojados de ellas. pero estos hombres, en su mayoría pescadores, recios de espíritu y de gran valor, supieron afrontar la situación. Provistos de gruesos calabrotes que utilizan para amarres de sus barcas, tendieron un vallado, amarrándolas a las palmeras donde después fue el paseo Ocampo y allí protegiendo a sus familias, se asieron a las cuerdas con todas sus fuerzas, soportando el vendaval; así fue como salvaron sus vidas y la de los suyos, con ese valor tan porpio de los hombres de mar que no se amedrentan ante el peligro.

Tanto las autoridades como el señor Cura Ayala, se movilizaron auxiliando a los damnificados, en las zonas más afectadas.

Una vez pasado el ciclón, quedamos enteramente incomunicados con el resto del mundo. Los hilos telegráficos se cortaron, así que ni este recurso teníamos. Pero “como donde todo falta, Dios asiste”, con alegría vimos aparecer en la había un barco llamado “El Bolívar”. Una vez que fue avistado y anclado, el presidente Municipal, el señor J. Roberto Contreras Quintero, con sus dos acompañantes se dirigió al barco con el fin de hablar con el capitán para pedir, por medio de un radiograma, comunicación con el Gobernador de Jalisco, que entonces era el señor José Guadalupe Zuno. Le pasó otro mensaje al Congreso de la Unión pidiendo una ayuda para los daminificados, y éste prometió remitir cincuenta mil pesos, pero esa suma nunca llegó a su destino. En vista de esto, las autoridades recurrieron al entonces diputado señor Guadalupe Covarrubias el cual, poniéndose de acuerdo con el señor José María Cuellar, originario de la región, organizaron en Guadalajara una corrida de toros.

El producto de ella fue enviado al municipio, siendo repartidos en el puerto, Talpa y Mascota. Así fue como se pudo ayudar, en parte, a los damnificados.

Fragmentos del Libro: Montes de Oca de Contreras C. (1982) “Puerto Vallarta en mis recuerdos” (2da. ed.) México, Centro Universitario de la Costa.

One Comment

  1. Ma Guadalupe Saldaña

    Hermosa ” experiencia relatada por esta valiente sra.
    Esos hombres de antes … Ya no hay… Esa gente fuerte de palabra y acción ya no hay…
    Lo peor es que, no cambio el actuar del gobierno… Es el mismo… No lo hay…
    Lo q hay es gente con coraje para tomar las decisiones adecuadas para salir siempre avante.
    Soldados somos todos y México nos reclama.

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