Semana Santa – Recuerdos y sucesos de Puerto Vallarta – Carlos Munguía Fregoso

Durante la Semana Santa y la Semana de Pascua, Puerto Vallarta recibe miles de turistas, nacionales y extranjeros, que dejan sus hogares para venir a gozar del sol y de las playas vallartenses; y a sufrir, penitencia de cuaresma, las quemaduras del sol, la incomodidad de dormir en la playa o de pasar la noche enroscado en su automóvil.
Las habitaciones de los hoteles son insuficientes para albergar a tantos visitantes, y la
expresión «tienes visita?” se oye casi tanto como los buenos días.
Muchos residentes prefieren, durante ese período de vacaciones, dejar la ciudad o no salir de sus casas para evitar las aglomeraciones en los supermercados, los congestionamientos en las calles, y las largas colas en los restaurantes de la localidad.
Los automóviles de los turistas se desplazan lentamente por las angostas calles, porque sus conductores van volteando para todos lados como si buscaran algo sin saber qué. Los estridentes sonidos de las bocinas de los taxis y camiones, que siempre tienen prisa, algunas veces se pueden oír sobre el estruendo de los ecualizadores que suenan como si cada automóvil llevara en su interior una discoteca portátil.
En las playas, como enormes hormigueros, la gente se mueve por todos lados tratando de esquivar a los demás, evitando pisar a los que están dormidos en la arena y desplegando una abigarrada colección de vestidos y trajes de baño de las más extrañas modas y combinaciones.
Los vendedores «de todo», tratan de deshacerse de su carga ofreciendo a los turistas vestidos, sombreros, pulseras y aretes de plata (¿o serán de alpaca?); figuras de madera, de obsidiana o de vidrio; pescado asado, pasteles, tacos y tantas cosas que siempre encuentran quien las compre. El tiempo pasa, las palabras se acaban y por fin, los precios bajan; «así es el bisnes mai friend», dirán los vendedores con una sonrisa, mientras miran a su alrededor en busca de otro cliente.
Por la noche, algunos jóvenes en shorts y sin camisa, con una lata de cerveza en la mano, se pasean por la calle Díaz Ordaz en sus convertibles o en jeeps descubiertos que han rentado, queriendo hacer a todo el mundo partícipe de su euforia con gritos, ¡libidos y piropos. Otros grupos caminan por el malecón mostrando las espaldas rojas de sol, las de las mujeres adornadas con cintas blancas que era en donde les tapaban lastirantes del traie de baño. El ardor de las quemaduras irá en aumento y cuando se notan a la cama, ni la maicena, ni el vinagre podrán mitigarlo; por el momento, la brisa del mar los refresca y están contentos.

Pronto cruzarán la calle para intentar entrar en uno de los bares, restaurantes o discotecas que hay frente al malecón y que parecen una caricatura de Rius vomitando cuerpos por las ventanas, porque va no cabe uno más en su interior. Pero es Semana Santa, y hay que sacarle provecho y gozar al máximo; después de todo, es sólo una vez al año.
Qué lejos han quedado aquellos días de «penitencia, reflexión y meditación», como reclamaba el padre Parra desde el púlpito durante toda la cuaresma. Días de abstinencia, de caldillo de pescado, de tortas de camarón con nopales, de capirotada de agua con frutas, y de torrejas con miel de piloncillo y rociadas con ajonjolí.
Días en que la vieja victrola -la de “la Voz del Amo”- permanecía silenciosa y el canto y los silbidos eran cortados por un «Shhhhhhh…, estos días no se canta», de la madre; los únicos que cantaban eran los canarios desde sus jaulas colgadas de la pared. Tampoco se contaban chistes ni se podía ir al cine, aunque la película fuera “Rey de Reyes”. Los padres guardaban sus cuartas y cinturones; en Semana Santa no había castigos, pero el Sábado de Gloria se desquitaban; “para que crezcas”, decían mientras soltaban un azote y hasta los abuelos participaban en esta ceremonia.
Ir a la playa estaba prohibido; algunos decían que si se bañaba uno en el mar en esos días, se convertiría en pescado o en sirena. Claro, no en todos los hogares era lo mismo.
Conforme avanzaba la semana, la austeridad iba en aumento. El Jueves Santo los cohetes llamaban al lavatorio de los pies. Doce hombres de la Acción Católica habían sido elegidos para representar a los apóstoles y esperaban a que llegara el sacerdote y los monaguillos, con el aguamanil y la jarra de peltre, para iniciar la ceremonia. Después de lavar los pies de cada uno de ellos, el padre los secaba con una toalla que traía al hombro y los besaba.
Más tarde los cohetes tronaban de nuevo para llamar a los oficios. En un rincón, en una cárcel improvisada con rejas de ventana, se encontraba el Divino Preso con las manos atadas, coronado de espinas y con el rostro ensangrentado, reflejando el dolor y la tristeza tan fielmente que movía a compasión. Todas las demás imágenes del templo estaban cubiertas con un paño morado.
El Viernes Santo, el pueblo se levantaba en silencio, creo que nadie trabajaba ese día. Pronto se oirían los cohetes que llamaban a Las Tres Caídas. El padre Parra ya estaría preparando los vehementes discursos que tendría que pronunciar desde el púlpito. El altar, desprovisto de imágenes y candeleros, había sido cubierto con ramas de anono, de ciruelo y de higuerilla para que asemejara un bosque, y por allá, entre el follaje y con la cruz a cuestas, la figura del Nazareno que había estado encarcelado la
noche anterior, subía penosamente la cuesta del Calvario.

Después de los tres cohetes que anunciaban la última llamada, salía el padre con su sotana y su birrete negros y el sobrepelliz blanco y almidonado adornado con tiras de encaje, y subía al púlpito. El silencio del recinto era interrumpido momentáneamente por el piar de los pajaritos que anidaban en los agujeros que había en las paredes. El padre, después de hacer una genuflexión hacia el altar, empezaba con las palabras que usó Pilato cuando entregó a Jesús a la muchedumbre:
«Eccehomo. He ahí al hombre…Al Hijo de Dios que con su muerte vino a redimir al género humano».
Y empezaba a hablar de la Ultima Cena, de la oración en el huerto de los Olivos, de su presencia ante Pilato y la condena de la multitud que prefirió que soltaran a Barrabás. Hablaba de la flagelación, de la corona de espinas, de las burlas de los soldados y de la negación de Pedro. Y hablaba, y hablaba y hablaba; su voz vibraba con emoción o tronaba con furia. Iba llevando a los fieles por el camino del Gólgota al encuentro con Simón de Cirene, repetía las palabras de Jesús a las mujeres: «No lloréis por mí; llorad por vosotras y por vuestros hijos», e imitaba a la chusma que gritaba: “¡Crucificadle! Crucificadle!”
Después de hora y media de encendida retórica, de metáforas y alegorías, de exclamaciones y de interrogaciones, de gradaciones y dos interrupciones, llegaba a la cima del monte Calvario. El calor que emanaba de los cuerpos de los asistentes ya empezaba a sentirse; algunos fieles cabeceaban, y otros ya tenían la barbilla hundida en el pecho cuando el padre dejaba el púlpito para descansar un poco y ordenar sus pensamientos para esa tarde. Las Siete Palabras serían muy largas.
Desde el primer cohete empezaban a desfilar por las calles las mujeres vestidas de riguroso luto, y los hombres cargando, algunos de ellos, una o dos sillas. Las bancas escaseaban en la iglesia y eran muy incómodas. Al entrar al templo las mujeres se dirigían al lado derecho y los hombres al lado izquierdo y lo iban llenando poco a poco.
La imagen de Cristo ya estaba en la cruz. El padre Parra lo había mandado hacer con los brazos articulados, para que al terminar la ceremonia los hombres pudieran bajarlo y colocarlo en una cama para la velación. La cama ya estaba colocada en el pasillo central con las sábanas limpias y recién pintada con zapolín blanco. Era la misma cama tubular en la que dormía el padre.
Los Doce Apóstoles (así le decían al grupo de músicos que tocaban en las ceremonias especiales) ya estaban en las bancas junto al púlpito, con sus atriles al frente y afinando sus instrumentos. Cuco estaba sentado en el banco del apolillado armonio y empezaba a mover los pedales para ver si le podía sacar alguna nota y don Marciano, al final de la hilera de músicos, no perdía la oportunidad de picarle las costillas con el arco a los muchachos que pasaban junto a el, mientras afinaba el contrabaio.
Por fin salía el padre y se dirigía al púlpito para empezar con las primeras palabras que dijo Jesús en la cruz:
«Tengo sed… Y un soldado le acercó a los labios, con la punta de su lanza, una esponja empapada de hiel y vinagre».
Empezaba luego a explicar el verdadero significado de aquellas palabras y después de largos minutos y de haber agotado el tema, hacía una pausa.
Los músicos tocaban el aria de una ópera, un minueto o parte de una obertura. La música suave invitaba a meditar en las palabras del sacerdote y acallaba un poco las paradas que el pobre Cuco tenía que darle a los pedales del armonio para poder sacar las notas de su viejo fuelle. Al terminar la música, el padre se levantaba del banquillo que habían colocado en el púlpito (la cosa iba para largo) para continuar con sus sermones.
Y seguía elaborando un discurso por cada una de las oraciones que había dicho Cristo en la cruz: la petición de perdón para sus verdugos; la entrega de María a Juan, el discípulo amado; la promesa de salvación a Dimas, el buen ladrón; su desgarrador clamor al Padre, «¿Por qué me has abandonado?», para terminar con aquellas palabras: “En tus manos encomiendo mi espíritu” que llevaban consigo la aceptación de su muerte, para que se cumpliera lo que estaba escrito en las Sagradas Escrituras.
Después de cada explicación seguía una intervención de los músicos y los minutos se hacían horas y las bancas cada vez más duras. Y el orador seguía y seguía, cambiaba de entonación, improvisaba diálogos cambiando la voz para cada personaje; sudaba, golpeaba la barandilla del púlpito, enronquecía y terminaba jadeante. Se enredaba una bufanda en el cuello y dejaba su sitio, mientras unos hombres bajaban a Cristo de la cruz y lo tendían en la cama para que la gente pasara a adorarlo.
En una ocasión sucedió algo extraordinario; casi al terminar las Siete Palabras, que provocó las más diversas reacciones entre los fieles asistentes. El padre se acercaba al final de su discurso y su voz subía de intensidad para darle mayor fuerza a sus palabras. Algunas personas estaban dormidas y la mayoría cansada de la incomodidad, del calor y las largas peroratas. El padre, casi afónico, con un último esfuerzo alzó la voz y, con todo el sentimiento de su corazón, gritó aquellas palabras en hebreo:
¡Eli, Eli, lemma sabachtani! *
En ese momento un estruendo horrible hizo que se sacudiera el templo, las ramas que adornaban el altar empezaron a moverse así como la cruz que se encontraba en lo alto. Muchos de los fieles cayeron de rodillas al tiempo que exclamaban Ave Maria Purísima! o recitaban la Magnífica. Algunos niños y mujeres lloraban y otros hacían el intento de correr; uno de los músicos no paró hasta que estaba a media calle sin preocuparse por el instrumento. Todo mundo estaba desconcertado y volteaban a
verse unos a otros buscando una explicación. Aquel alboroto no pudo haber durado
más de un minuto y todo quedó otra vez en calma.
Luego empezaron a salir unos muchachos de atrás del altar llevando latas alcoholeras, en las que habían echado piedras y cohetillos para que hicieran ruido, y otros que se habían escondido entre el follaje para mover los árboles y la cruz. Caminaban uno atrás del otro, apresurando el paso para entrar a la sacristía, volteando furtivamente para ver el impacto que había causado la ocurrencia del padre entre los asistentes y sin poder soltar la carcajada. Fue aquella toda una experiencia y, aunque la celebración siguió igual por muchos años, jamás se volvieron a incluir en ella los efectos especiales.

  • Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Recuerdos y sucesos de Puerto Vallarta, Carlos Munguía Fregoso, Cronista de la Ciudad D.R. 2000.

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